La carta de Taly.

El fin de semana, una amiga venezolana muy querida, quien se mudó con su familia de Panamá a Bogotá en abril de 2023, compartió una hermosa carta escrita por su hija de 10 años. Tuve el honor de que me permitiera compartirla.

La carta de Taly, sus palabras relatando su proceso y la oración final: APRENDÍ QUE LOS CAMBIOS PUEDEN SER MUY BUENOS, me hizo reflexionar sobre uno de los mayores temores que enfrentamos como padres al atravesar un cambio de país: el miedo a que nuestros hijos no se adapten. Nos preocupa pensar que los alejaremos de sus abuelos, tíos, primos y de los colegios que tanto adoran, sumergiéndolos en el amargo sentimiento del desarraigo desde una edad temprana. Los expondremos a la experiencia de ser los nuevos, de sentirse diferentes, de tener que adaptarse y, quizás, hasta de aprender un nuevo idioma. Si están en la adolescencia, el panorama parece aún más desafiante. Esta etapa tan compleja de la vida, combinada con las dificultades de la expatriación, puede convertirse en una bomba de tiempo para la estabilidad familiar.

Cuando tenía 15 años, nos mudamos de Buenos Aires a Rosario, Santa Fe. Odiaba a mis padres por obligarme a cambiar de colegio y de casa una vez más. Sentirme obligada a establecer nuevos lazos, conocer gente nueva, me hacía sentir evaluada, observada e incluso insegura. Esto me generaba una enorme presión. Lloré, lloré muchísimo durante días. Todavía recuerdo esa difícil conversación con mi papá, cuando me dijo: «que te adaptes va a depender de vos».

Esa era nuestra realidad: mudarnos, cambiar, adaptarnos.

Pero también era nuestra realidad estar juntos, los cuatro, donde sea que fuéramos.

La vida en Rosario era muy diferente a lo que estaba acostumbrada en Buenos Aires. Fue residiendo allí que comprendí que hay tantas formas de vivir como personas en el mundo y, sobre todo, la importancia de construir lazos. Esta ciudad increíble me regaló amistades que han perdurado en el tiempo y el espacio. 

Hoy, como madre y nómade, entiendo los sentimientos que vivieron mis padres, los que vivieron los padres de Taly… No queremos ver sufrir a nuestros hijos, pero al reflexionar sobre todo lo que he aprendido en cada mudanza, las personas que he tenido la oportunidad de conocer y las historias que me han regalado, me doy cuenta de lo maravilloso que ha sido poder comprender desde chica que «lo único constante es el cambio», y que depende de mí cómo lo viviré y qué actitud adoptaré para enfrentarlo. Pienso en el coraje y la sabiduría de mis viejos al ver que ese dolor inicial me traería las mejores lecciones de mi vida.

«Mañana tal vez tengamos que sentarnos frente a nuestros hijos y decirles que fuimos derrotados. Pero no podremos mirarlos a los ojos y decirles que viven así porque no nos animamos a pelear».

Mahatma Gandhi

Tomar la difícil decisión de irnos de nuestros país de origen es duro. Es duro para todos. Dejar de hacerlo para que nuestros hijos no sufran, es cruel. La carta de Taly me recordó la afortunada que fui de tener padres valientes que se animaron a regalarme un mundo de posibilidades.

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